
Elena caminó por el sendero de piedras hasta la parte delantera de la casa.
Su casa no era grande ni pequeña, de color blanco y con una presencia magnífica; estaba rodeada por árboles por los tres costados salvo la parte delantera –que era el porche a la vez- y atrás en el patio tenía arboles de varias frutas. Los marcos de las ventanas eran azul marino claro y desde afuera se veían las cortinas de encaje blanco que compro su tía cuando recién llegaron al pueblo. La casa era de dos pisos, abajo eran el comedor, la sala, la cocina y un pequeño hall atrás en el patio; y en el piso de arriba se encontraban los dormitorios, tres en total, uno de su tía, uno suyo y otro servía como cuarto de visitas -no es como si tuvieran muchas por cierto-.Su habitación daba para la parte frontal de la casa y la de su tía para la parte trasera.
Era de madera y para los días de frio tenía una gran chimenea en la sala que las calentaba y les daba esa sensación de hogar que tanto buscaban. De todas las casas en las que vivieron en tantos años de mudanza, esa era la mejor sin duda.
Hace dos años cuando vinieron a estos terrenos en busca de una casa en donde quedarse, nunca imaginaron encontrar una antigüedad tan linda como ésta. La habían nombrado “The White House” –por razones obvias- y se la compraron casi de inmediato. Consiguieron muebles y cosas para la casa en una venta de garaje. Y la decoraron al gusto de ambas.
Se mudaron después de dos semanas de decoración y la tía Elizabeth empezó los papeleos para el ingreso a la nueva escuela de Elena. Había mucho que hacer y Elizabeth no se habría molestado en hacerlo si no supiera que por fin aquí es donde se iban a quedar indefinidamente. Ya faltaba poco para que llegara el día, así que de nada serviría seguir corriendo. Solo dos años más y podrían regresar y reclamar lo que por derecho le pertenecía a Elena.
Elena se tomó su tiempo caminando, quería disfrutar del olor y la vista hecha por el sol filtrándose de entre las ramas. El sol ocasionaba que su humor cambiara completamente en las veces que este era capaz de abrirte un agujero en la cabeza con solo una mirada enfurecida. La revitalizaba así como la luna la apaciguaba. El carácter de Elena podía ser muy suave y dulce la mayoría de veces; pero cuando se trataba de proteger y sacar cara por alguien a quien amara, no había en la tierra nada que te salvara de la mirada que recibías por parte de ella. El carácter protector de Elena siempre estuvo ahí y ella se sentía a gusto con ello.
Terminando el sendero, Elena vislumbró su casa y afuera de ésta estaba el auto gris con su conductor recostado en el capote.
Elena sonrió con la vista que éste ofrecía. Ahí estaba él, alto y de contextura delgada, no en extremo pero tampoco era como esos muchachos llenos de esteroides. De cabello negro brillante, asemejándose a las alas de un cuervo, largo y en capas, cubriéndole la frente y cayéndole sexy por un lado; toda esa oscuridad contrastando con su piel blanca como la luz de la luna. Sus ojos eran oscuros, dos pozos sin fondo en los cuales Elena se perdía siempre que los veía. Su rostro era un poco largo y tenía unos labios rosados y carnosos, eran lo que más le gustaba a Elena de él.
Su corazón empezó a retumbar, lo podía sentir subir y bajar por su garganta.
Soltó su mochila en el gras y corrió hacia los brazos de Joseph.
Estaban juntos desde casi año y medio.
Cuando Elena llegó a Ville y empezó la escuela no era la chica más popular ni nada de eso. Pero a pesar de que Joseph tenía muchos amigos y la mayoría de las personas lo adoraban; parece que él vio algo en Elena que los demás no lo hacían. Él la invito a salir y así comenzó toda esta aventura juntos. No cabía duda que se querían, ella no veía su vida acá en Ville sin Jo a su lado; solo que a veces Elena sentía como si su vida no estuviera del todo completa todavía. Como si Joseph no fuera su otra mitad. Es una tontería pensar en almas gemelas o complementos en estos tiempos, pero, para Elena eso era un sentimiento de conciencia que se encontraba arraigado muy dentro de ella. No lo podía evitar y aunque superficialmente le pareciera tonto en infantil, muy dentro de ella ese sentimiento iba creciendo y fortaleciéndose con el tiempo. Sentimiento que muy pronto saldría y le costaría muy caro.
Ellos eran la pareja perfecta en la escuela, siempre juntos y adorándose el uno al otro. Nadie podía creer que después de todo ese tiempo juntos aun ellos podían seguir dándose esas miraditas de enamorados primerizos. Eran toda una leyenda en la Escuela Secundaria de Ville. Aunque Joseph ya la había terminado el año pasado y Elena lo hacia este año, los cotilleos en la escuela eran pan de cada día.
Joseph se iba este fin de año a postular a la universidad. No les alegraba mucho la separación pero habían acordado que Elena postularía allí también para cuando terminara la escuela. Y aun le quedaban 5 meses.
Joseph vio venir a Elene, tan bella y radiante como siempre, nunca entendió como pudo haberse enamorado tan rápido de ella, ni como cada vez que la abrazaba sentía que la conocía de toda la vida. Se sentía correcto estar a su lado; y aunque él sabía que Elene también lo quería, siempre encontraba en los ojos de ella, ese pequeño punto de su mente, el cual sabía no lo ocupaba él. Siempre pérdida en sus pensamientos, en su mundo y en sus preocupaciones. Elene parecía ser de otro mundo, cubierta por una poderosa y brillante aura nunca antes vista por Jo en ningún otro humano, tal vez fue de eso de lo que él se enamoro.
Leer las auras para Joseph era cosa de todos los días y si se esforzaba lo suficiente le llegaban también hilos de pensamientos de las personas a su alrededor. Sus padres eran poderosos leedores de mentes, pero a él se le daba mejor la lectura de auras.
Elena no sabía nada al respecto de esto, y el Joseph no se lo quería contar por miedo a que ella pensara que era un loco o desquiciado.
Cuando ella se lanzó a sus brazos él la agarro y levantó del suelo en un abrazo lleno de amor y ternura. Diablos como quería a esta chica- Pensó Jo. La bajo suavemente y separó la cara que ella había enterrado en la depresión de su cuello con delicadeza. Sostuvo su barbilla y la miró a los ojos. Es lo que más le gustaban de ella –esos misteriosos ojos que poseía- aunque muchos no le creyeran y pensaran que era un cursi y romántico empedernido. El amaba verla sonreír y daría todo lo que tenia para dejarla con la sonrisa en su hermosa cara.
En el momento en que Joseph la bajo y miró a los ojos, a Elena se le puso la piel de gallina. Vio en esos verdes ojos el amor que ella también sentía por él.
Hubo un silencio para nada incomodo y entonces fue cuando se acordó de la mudanza, desvió la mirada para que èl no viera la tristeza que ella sentía por dejarlo. Dios como iba a decirle, el solo pensar separarse de él hería su corazón.
El atrajo de nuevo su atención ahuecando su cara en sus manos.
–Hey, ¿Qué te pasa? En un momento estabas tan feliz y al siguiente ya no.-Joseph dijo. - ¿Es que no te alegras de verme? Porque yo estoy contentísimo de verte, hoy no tuve un buen día en el trabajo- al ver la cara de preocupación de ella hizo un gesto con la mano restándole importancia- nada importante, ya sabes lo mismo de siempre, clientes que creen que siempre tienen la razón- un lado de la boca de ella empezó a curvarse- Y entonces vine lo más rápido que pude al terminar mi turno para ver a la mejor medicina para los “no buenos días de trabajo” que tengo y… ¿adivina que paso?- ella levanto levemente una ceja invitándole a continuar- Pues… “ESTOY CURADO”.- él levanto las manos al cielo para luego posarlas nuevamente en su cintura - ¿No es un milagro? Creo que tenemos que llamar a una de esas sectas que curan con un vaso de agua para hablarles de ti. Te lo aseguro no hay nada más efectivo que estar a tu lado- al fin el rostro de ella se adorno con esas sonrisas que te detenían el corazón. Bueno al menos al de él lo hacía.
-Siempre me haces reir Jo- dijo ella todavía con una sonrisa en los labios.
Ella suspiro y apoyo la cabeza en su hombro; lo abrazo por la cintura e inhalo el olor tan peculiar que él tenía, desde que se acercó lo suficiente para poder hacerlo. No era que él se bañara en colonia o se echara algo artificial. No. El olor que el desprendía era su olor natural, el olor que para Elena era tan familiar y querido, el olía a madera viva y a rocío fresco de una mañana de primavera. Elena no sabía de dónde venían esas comparaciones, pero era verdad. Su olor era tan rico que nunca se cansaba de abrazarlo o descansar a su lado.
-Y sabes que eso no es verdad siempre estoy más que feliz de verte. Estuve pensando en ti todo el día- ella hizo una pausa y se separó de él un poco para poder verlo a los ojos. Entonces se le ocurrió una espectacular idea.
-Tengo que hablar contigo Jo- suspiró – no es sobre nosotros. Es sobre mí y mi tía. Pero antes quiero mostrarte algo. Mmmm… ¿qué es lo que siempre quisiste saber y yo nuca te lo dije?
Él abrió los ojos como platos y emitió un sonido de sorpresa
– No estarás hablando que me vas a mostrar tu…- no completó la frase y esperó para que lo negara, pero en vez de hacer eso ella asintió y al él el corazón se le lleno de alegría. ¡Al fin! Ella iba a confiar en él y le iba a mostrar su “lugar secreto”.
Pero ésta alegría duro solo unos segundos y sus ojos se oscurecieron de la sospecha. -Ella nunca aceptó mostrárselo, ni siquiera su tía sabía donde era, dijo que tenía que hablar con él… Oh no, esto no era para nada bueno… No puede ser ¡no tan pronto!- Pensó
Joseph asintió con un leve movimiento de cabeza, caminaron juntos agarrados de la mano en silencio. Él siguiéndola y ella guiándolo hacia lo que era sin duda el último encuentro entre estos dos enamorados.
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