
CAPITULO UNO
El viento mecía las ramas de los arboles, haciéndolas parecer niños saltando alegres por el regreso de su madre. Las flores de los campos se mecían en una sinfonía de música. Las casas se veían desde aquí como puntos de colores en todo ese verde de las colinas, el viento traía el olor del mar con su brisa. Esta es la vista que más le gustaba a Elena cuando se sentaba a esperar el bus que la llevaría de retorno a casa. Le agradaba mucho ver interactuar a la naturaleza. Sentía como si ésta la llamara, enviándole susurros de promesas dirigidas solo para ella, diciéndole hasta rogándole que la escuchara, que había cosas maravillosas, experiencias inimaginables que se estaba perdiendo; sabía que esta la esperaría, dentro de su corazón ella lo sabía, no importa cuánto tardara a su llamado, siempre la esperaría….
Ver los campos pintados de diferentes tonalidades de verde, sentir el viento en su cara moviendo sus cabellos, oler la suave fragancia de las flores; la reconfortaba. Es por eso que dejó pasar el primer bus. Quería sentir un poco más la paz que encontraba aquí. Hoy no tuvo una mañana buena por así decirlo; su tía le dio la noticia que ella sabía se aproximaba, pero quería desentenderse de ella tanto como pudiera; así que ésta mañana la recibió con resignación y un poco de impotencia… como siempre lo hacía.
- En serio Elena ya deja de poner esa cara, digo no es como si fuera el fin del mundo, sólo te vas a mudar. Al menos te vas de este horrible pueblo, vas a conocer nueva gente. Oh…. nuevos chicos también- Dijo Claire, poniendo cara de anhelo –tu sabes, chicos lindos, con lindos ojos y lindos cuerpos…. ¿Ya dije que podrían ser lindos?
- Sí, como mil veces. – Elena entornó los ojos ante la reflexión de su amiga- Y ese no es el punto Claire – lanzo un suspiro- he hecho esto toda mi vida, hemos ido de aquí para allá como nómadas o algo. No es justo hacerlo de nuevo, Dios!... ya me canse de todo este asunto. A mi me gusta aquí. Además no me quiero ir antes de terminar la escuela, ya falta poco para el baile, hasta compré mi vestido y todo.
Sólo ayer había ido con Claire al centro comercial a comprárselo, gastando todos sus ahorros y el dinero que le había dado su tía. También se compró una pulsera de plata que le llamo mucho la atención. De ella colgaba una amatista en forma de corazón, su color era entre un morado y rosa suave; la piedra reflejaba los rayos de luz convirtiéndolas en un lindo arco iris. Al lado de la amatista colgaba una perla semejante a la luna cuando está en todo su esplendor. Era hermosa; delicada y a la vez con una gran presencia. Lo compró en una tienda de antigüedades a un muy buen precio, mejor dicho era una ganga para la belleza y delicadeza de la joya. Tenía planeado regalárselo a sí misma para el día de su cumpleaños. Sonaba tonto pero no vio una oportunidad más apropiada.
- Bueno sí en eso tienes razón, mira no es justo que te pierdas el baile, hemos estado preparándonos hace meses- Claire desvió la mirada y dijo- y la verdad te voy extrañar mucho Silver Elena.
Miro de nuevo a su amiga e intento sonreír pero la sonrisa no le llegó a los ojos. Refiriéndose al apodo que le había puesto a su amiga, le decía así debido a que su cabello era de un rico dorado con destellos grises y plateados parecidos a mechas, cuando tu te decidías que dorado era su color este cambiaba y parecía plata haciéndote confundir; y los ojos de Elena eran entre azules y grises. Con ellos tenías el mismo problema que con su cabello: no te decidías por un color, porque cuando lo hacías éste cambiaba. Sus ojos se asemejaban a el cielo cuando se avecina una gran tormenta y está próxima a descargar toda su furia, pero estos ojos no inspiraban miedo, al menos no para Claire, sino todo lo contrario. Cuando los veías sentías una tranquilidad y paz sin igual. Nada en este mundo te podría dañar. Eran hipnotizantes esos ojos.
Elena también iba a extrañar mucho a su amiga, era la única chica que no la rechazaba, que no huía de su mirada. Cuando Elena recién vino a esta escuela tenia miedo de que pasara lo que en las otras escuelas siempre pasaba: Todos la evitaban como si tuviera la peste, al mirarla o sentir su presencia las personas se alejaban de ella, en sus ojos Elena veía temor. Su tía le decía que era por que ella era especial y que el resto de las personas no entendían esto, pero Elena no se sentía especial ni nada por el estilo, tal vez diferente… pero no especial.
Dentro de una semana cumplía diecisiete y no tendría a la única persona -aparte de su tía- que no la rechazaba ni la evitaba para celebrar con ella, eso la entristecía mucho.
Pero sabía que por mucho que no quisiera iba a mudarse, siempre lo hacía por más oposición que al principio sintiera. No podría hacerle eso a su tía, darle más preocupaciones. Su tía Elizabeth trabajaba duro para darle una buena educación y las cosas necesarias para una chica de su edad. Se hizo cargo de ella cuando sus padres murieron en un accidente automovilístico.
Esa noche Elena era solo una bebe casi recién nacida; sus padres salieron a encontrarse con unos amigos y al volver se chocaron con otro automóvil que venía en sentido contrario con exceso de velocidad. Desde ese día la tía Elizabeth –hermana de su mama- se hizo cargo de ella, la cuidó y crió como si fuera suya, no había en la tierra mujer más buena como su tía.
Porque hacerte cargo de lo que es tuyo es fácil, pero cuando no lo es, hacerlo es una prueba de vida.
Aunque a Elena siempre le pareció extraño que siempre se mudaran, cuando era muy niña lo aceptaba de buena gana pero cuando los años iban pasando empezó a cuestionarse la razón de sus contantes “mudanzas”; una vez cuanto tenía ocho y su tía la comunico la “noticia” trató de preguntarle:
Esa noche hacía frio y estaban junto a la chimenea; su tía estaba sentada en un gran sillón y ella estaba echada en la alfombra pintando unos dibujos que había realizado:
- Elena- la llamo Elizabeth, la niña alzo la mirada para encontrarse con esos ojos azules tan claros como el mar en una día de verano que tanto amaba.
- ¿Si, tía?
- Mañana nos iremos de esta ciudad, así que por favor después de que termines de hacer tus deberes empacas tus cosas, ¿harías eso pequeña?- Elizabeth la miró con ternura, observó esos ojos grises y pensó una vez mas que estaba haciendo lo correcto, aunque Elena nunca le perdone no le importaba. Porque si era necesario hacer eso para protegerla, ella lo haría; abandonaría a su pueblo cuando la necesitaba para esconder y cuidar de esta niña. Lo haría como le fue encomendado.
- Claro que sí tía Elizabeth, cuando termine voy a mi habitación y empaco mis cosas- la niña volteo la vista a ese rostro familiar que la hacía sentir segura y querida. Y entonces hizo la pregunta que se le había estado formando en su cabecita estos días- ¿Tía Elizabeth? ¿Puedo hacerte una pregunta?
-Claro niña mía- respondió ésta creyendo saber cual sería.
-¿Porque huimos? Porque… hacemos eso ¿cierto? - Elizabeth se quedo un poco sorprendida pero a la vez resignada porque ya sabía que la niña preguntaría eso; solo que no creía que sería a esta edad tan corta.
No le mentiría a la niña… pero tampoco le dijo todo. Era muy pequeña para entender y esa historia era…. trágica y desagradable.
- Huimos de gente que nos quiere hacer daño mi niña bonita, personas que piensan que todo el…. todo debe ser para ellos. De familia que traiciona. Algún día cuando tengas La Edad te contare todo, pero ahora no puedo hacerlo mi niña el dolor hace daño aún y tu no comprenderías del todo.
La niña vio en sus ojos tanto dolor cuando le respondió que se reprochó de haberle preguntado eso. Esa noche prometió no volver a hacerlo mas, no sería ella quien pusiera de nuevo ese dolor en los ojos de su querida tía. Desde ahora se encargaría de hacer feliz a la única familia que conocía y le quedaba, no importaba a que precio, ella solo lo haría.
- Y… ¿Cuándo te vas?, digo tal vez podamos salir, ya sabes como despedida, y así también aprovechamos para celebrar tu cumple.- Dijo Claire que miraba a su amiga ausentarse nuevamente en sus pensamiento, intentando sonreír. Iba a extrañar mucho a Elena, le daba pena saber que no estaría allí el día de su cumpleaños ni le daría la sorpresa que estaba planeando para ella. Pero al menos quedaba el regalo que le compró. Fue un golpe de suerte escogerlo así ella la recordaría a donde fuera que vaya.
-Mmmmm… la verdad no lo sé pero le voy a preguntar a mi tía, yo te aviso si?, aunque creo que será pronto- se encogió de hombros- siempre es así.
- Okis. Mira ahí viene el bus, ven vámonos que ya tengo hambre
-Esta bien a mi también me esta entrando el hambre.
Elena se sentó en el asiento que se encontraba al lado de la ventana y a su lado lo hizo Clair. El bus estaba casi vacío debido a que era uno de los últimos en salir antes de que los conductores se dirigieran a casa, así pudieron hacerlo en el mismo lado.
Durante todo el viaje Claire parloteó de lo bueno que sería para Elena este viaje, de que cuando tuviera hijos les contaría historias de todos los lugares al que había ido, ¿hijos? ¡ja!.
Pero Elena ya no la escuchaba, ella estaba pensando en que cosa pudiera haberle pasado a su tía para causarle tanto dolor y hacerla vivir de un lugar a otro. Debió de haber sido una tragedia para ella, o de repente huía de un novio del pasado que la atormentaba; quería saberlo pero a la vez tenía miedo de que no le gustara la respuesta.
Elena esperaría hasta que su tía esté lista para decírselo, al fin y al cabo le dijo que cuando tuviera la edad se lo diría. Así que solo era cuestión de tiempo para saberlo.
Siguió ensimismada en sus pensamientos viendo a los arboles del bosque pasar por su ventana que no se dio cuenta que el bus se estaba deteniendo, Claire tocó gentilmente su hombro indicándole que ya había llegado a su casa.
-Hey, ahí esta tu casa. Te veo luego, y no olvides llamarme para decirme cuando te vas. – le dio un beso en su mejilla y se arrimo al asiento para darle espacio al salir.
Elena asintió y le dijo – Ok, yo te aviso bye. Te veo mañana- Le mando un beso volado y se bajó del bus.